Llegar a este mundo extraño hoy en día, puede parecer un mal plan. O quizás, siempre lo pareció. Puede que solo sea una cuestión de perspectiva.

Si has nacido hace no mucho, hay algo que probablemente no tendrás nunca: una dirección de correo electrónico con tu nombre. No uno digno, al menos. Nada de nombre.apellido@whatever.com. Te tocará un ele.real_8956 o una combinación de puntos, guiones bajos y números que parecen una contraseña provisional. Es una tontería, lo sé. Pero también es una metáfora bastante decente del mundo al que has llegado.

Un mundo en el que casi todo está ocupado. Los nombres. Las ideas. Los lugares. Las palabras.

Los pensamientos.

Un mundo en el que te parece que aterrizas tarde, cuando el reparto ya se ha hecho y te dicen que no pasa nada, que improvises. Que te adaptes. Que te apañes con lo que queda libre.

Llegar a este mundo hoy tiene ventajas. Muchas. Sería injusto negarlo. Pero también se respira una sensación rara, como de entrar en una fiesta empezada. La música ya suena, la gente ya está colocada en grupos, y tú no sabes muy bien dónde dejar la chaqueta ni de qué se supone que se habla allí.

La conexión es inmediata. Es innegable. Estás conectado desde antes de saber hablar. Antes incluso de saber quién eres. Hay WiFi, datos ilimitados y la posibilidad de hablar con alguien que está a miles de kilómetros como si estuviera en la habitación de al lado. Nunca fue tan fácil «estar en contacto». Y, sin embargo, nunca fue tan difícil estar.

Quedas con alguien y, a los cinco minutos, con un café delante, ya está sacando el móvil. Es automático. No porque haya pasado algo importante. Sino porque podría estar pasando. O porque hay que demostrar que se está ahí, «tan a gustito». Foto. Sonrisa un poco forzada. Se sube. Se mira si cae algún like. Se guarda el móvil. Silencio breve. Adiós sonrisa y luego, esa sensación incómoda de no saber muy bien de qué hablar porque, en realidad, ya os lo habéis contado todo antes de veros.

Nos enteramos de todo. Absolutamente de todo. O eso creemos, porque no todo lo que nos llega es verdad. O no todo importa. O no todo merece nuestra atención. Vivimos en un mundo en el que la información es infinita y el contexto escaso. Y eso genera una especie de ruido de fondo permanente que te impide distinguir qué está pasando de verdad a tu alrededor.

La pregunta es inevitable: ¿en qué mundo vivimos?


Y la respuesta, paradójicamente, es cada vez más confusa. Antes, al menos, la gente tenía claro su perímetro. Sabía qué ocurría en su barrio, en su ciudad, en su país. Ahora vivimos pendientes de lo que pasa en todas partes y desconectados de lo que ocurre a dos metros. Tenemos mucho mapa. Poco territorio.

La libertad de expresión, esa conquista que resultó tan costosa a todos los niveles, vuelve a estrecharse. No porque te prohíban hablar, sino porque te empujan a decir siempre lo mismo. Puedes opinar, claro. Siempre que tu opinión encaje en alguno de los moldes disponibles y «homologados». Si no, te quedas fuera del algoritmo. Y quedarse fuera hoy es casi como no existir. Cancelar, lo llaman.

Antes se viajaba para descubrir el mundo. Que atraía por ser simplemente, desconocido. Ahora hay gente que no ha salido nunca de su país que te mete miedo antes de cualquier viaje. Te hablan de todo lo malo que te puede ocurrir en lugares que no conocen y nunca han pisado. De historias que no han contrastado. De titulares que han leído deprisa. Expandiendo noticias de hace 15 años, hoy. El miedo viaja más rápido que la experiencia. Y tristemente, más rápido que los sueños y la ilusión. Y eso también es nuevo.

Este texto no va de decir que antes todo era mejor. Bueno, no lo era.

Lo cierto es que no suena muy idílico tener que rebobinar una cinta durante casi un minuto para volver a escuchar tu canción favorita. O tener que bajar a la calle de noche bajo la lluvia para meterte en una cabina y llamar por teléfono a tu primer amor (ese que te romperá el corazón y del que te acordarás siempre). Ni vivir sin derechos básicos. Ni sin medicina. Ni sin la esperanza de una decente esperanza de vida. No seré yo quien lo romantice.

Pero es verdad que quien llega ahora puede sentirse descontento con el mundo que se ha encontrado. Habrá resignación. Habrá enfado. Habrá frustración. Y, seguramente, habrá gente perfectamente a gusto. Porque siempre la hay. A muchos jóvenes les gusta que el algoritmo les conozca y reconozca. Que les recomiende. Que les ahorre decidir. No tener que buscar nada. No perder tiempo. Que todo les llegue masticado. Todo eso es cómodo. Muy cómodo.

Hay quien lleva años luchando por proteger su privacidad. Rechazando cookies. Separando correos y cortando trazabilidades. Evitando mezclar lo personal con lo público. Perfiles en redes sin nombre ni foto reconocible (yo te miro y te juzgo, pero tú a mí no). -Yo no estoy ahí-. Ahora hay quien prefiere lo contrario. Que el sistema sepa quién eres. Qué te diga lo te gusta. Qué pensar. Qué desear. Qué hacer después. -Tampoco estoy aquí-.

Mundo utópico para unos. Distópico para otros. Depende de dónde te coloques. Aquí o allá.

Extraño en cualquier caso. Desconocido, diría yo.

El problema es que la homogeneidad avanza rápido. El globalismo ha borrado identidades a una velocidad sorprendente. Todo te suena. Ya no eres extraño en ningún sitio. Puedes ir a cualquier parte y hacerte entender. Eso es un logro enorme. Pero, aunque viajemos, hace tiempo que el viaje ya no entra en nosotros. Solo queremos enseñar lo bien que nos lo estamos pasando. Aunque no sea del todo cierto. Aunque estemos cansados. Aunque estemos perdidos. Lo importante es que parezca que no. Que todo (nos) va bien.

La pregunta de ¿a dónde vamos? tiene cada vez menos respuestas claras. Y puede que pronto añoremos el ¿de dónde venimos? como quien recuerda una canción antigua que fue un éxito enorme y que unos pocos pudieron escuchar en directo. El resto solo la conoce por versiones hiper producidas.

Aun así, hay algo interesante en todo esto. Porque, precisamente ahora, gente joven y despierta puede subirse a un barco que quizá no vuelva nunca a este muelle. Y no hablo de oportunidades (que las hay). Hablo de comprensión. De entender un mundo que está a punto de cambiar de idioma para la mayoría (una vez más). Y de golpe. Quien lo entienda antes no solo tendrá ventaja. Tendrá sentido.

Los pros existen. Y son importantes. Más derechos para las mujeres (o eso quiero pensar), al menos en lo relacionado a todo lo que durante mucho tiempo ocurría entre cuatro paredes. Menos necesidad de esconder tu orientación sexual en muchos lugares del mundo. Familias separadas que pueden verse, hablarse y acompañarse a través de una pantalla, etc. Todo eso es real. Y muy valioso.

El progreso no es bueno ni malo. Es implacable. A unos les da. A otros les quita. A unos les soluciona. A otros les ahoga. Quizás, el cambio, siempre fue así. No estuve allí para sentirlo. Siempre dije que, si pudiera viajar en el tiempo, elegiría el futuro antes que el pasado. Me parecía más seguro. Me producía una gran curiosidad saber cómo podría ser. El pasado tenía demasiados riesgos. Demasiadas carencias. Demasiada oscuridad. Y además, «me lo sabía».

Pero ahora miras al futuro y la sensación es rara. Agridulce. Inquietante. No es miedo. Es incertidumbre sin relato. Quizá alguien hace doscientos años sentía algo parecido al imaginar nuestro presente. Quizás, cada generación cree que vive un momento extraño. No lo sé.

¿Cómo es llegar a este mundo hoy en día? ¿Mejor? ¿Peor?

Difícil respuesta.

Es como preguntarte si te habría gustado nacer en otro país. Probablemente dirías que no. Porque has crecido con unas costumbres. Una comida. Un tipo de clima. Una forma de entender la vida. Defenderás lo tuyo casi por inercia, un poco por obligación y otro poco por necesidad. Y cuando te hablen de lo negativo, responderás que en otros sitios están peor. En realidad, esa postura es un salvavidas (con algo de moho). Si no piensas así, te tiras por un puente. Porque vida solo hay una.

Entonces, ¿es mejor llegar a este mundo ahora que hace sesenta años? ¿O que hace quinientos? Imposible saberlo. No podemos vivir todas esas vidas para comparar. Como tampoco podemos elegir otro sexo, otro cuerpo, otra historia sin perder la que ya tenemos. Porque es lo único que conoces de verdad. Lo que tienes. Lo que te ha tocado.

Así que probablemente no quede otra que agarrarse con fuerza a este tiempo. A este mundo imperfecto. A esta vida con nombre de correo electrónico extraño. Impronunciable. Imposible de recordar. Y disfrutarla. Con una misión bonita y bastante urgente: no echar pestes sobre lo que viene delante de quien tiene todo el camino por recorrer.

Es su tiempo.
Es su vida.

Y, ya que estamos, pongámonos como misión ayudar en lo que podamos a que para esas personas, brillen más los pros que los contras. Sin nostalgia tóxica. Sin miedo prestado. Sin decirles que llegaron tarde. Porque no llegaron tarde. Llegaron cuando les tocaba.

Y eso, al final, es lo único que tenemos todos en común.

Por cierto, ¿has visto nuestro Documental Caminos? Hay mucho de todo esto en él. Te lo dejo por aquí. Saboréalo con calma y si te hace pensar y remueve algo, comenta, dale al like, compártelo. Que merezca la pena todo el trabajo que nos ha costado hacerlo.

Dejar un comentario

Centro de preferencias de privacidad

Necessary

Advertising

Analytics

Other