Reflexiones sueltas en un vuelo de cuarenta minutos en el que “el silencio” te ayuda a pensar.
Estoy en pleno viaje por trabajo. Es un vuelo corto de cuarenta minutos. Suficiente para poder pensar un rato. Y es que, desde hace unos años a esta parte, me cuesta oírme. Tener hijos es lo que tiene. Convives con un ruido constante que se te mete entre oreja y oreja y anula cualquier pensamiento propio. Es un ruido que según dicen, echaré de menos dentro de unos años. Hoy en día, al menos en lo que a capacidad de concentración se refiere, no tanto.
Así que, en este vuelo exprés, sin wifi, sin mensajes entrando, sin nadie pidiéndome nada constantemente… empiezan a “florecerme” ideas. Conceptos. Pensamientos sueltos. Algunos más acertados. Otros menos. Los voy dejando por aquí. Luego te lo cierro.
Advertencia, este no pretende ser un artículo para estar de acuerdo. Ni para que te posiciones. Simplemente dice así…

Durante mucho tiempo he intentado responder a una pregunta que me vuelve una y otra vez: ¿cuándo fue el último año en el que no pasó nada? La pregunta es tramposa. Lo sé. Siempre pasó algo. Guerras, crisis, catástrofes, accidentes, injusticias. Siempre. La diferencia no es esa. La diferencia es que antes no todo llegaba con tanta facilidad.
Hubo un tiempo —pongamos antes de 1995, así, en abstracto— en el que lo que ocurría fuera no se te metía dentro. Sucedía lejos. Se quedaba lejos. Casi no te dolía. No te pedía opinión. No te exigía posicionamiento. No te juzgaba por callar.
No sé si el mundo estaba mejor. Sí sé que estaba más lejos. Años después, viajar hizo que el mundo me doliera más. O eso creía yo. Que el viaje tenía “la culpa”.
Ahora todo llega. Todo el rato. Con urgencia. Siempre pidiendo algo a cambio: una opinión, un bando, una reacción. Vivimos en modo respuesta permanente. Y responder constantemente agota. No te hace más consciente. Te hace más frágil.

Caigo en esto: no es que tengamos más información, es que la información ya no informa. Interpela. Y cuando todo te interpela, no puedes vivir. Puedes reaccionar (rápido, eso sí). Puedes discutir. Puedes posicionarte. Pero vivir… es otra cosa.
Otra idea que aparece: quizás no echamos de menos un año concreto, sino una sensación. La de que todo dependía, más o menos, de uno mismo. La de que lo de fuera no condicionaba cada gesto. La de no sentirte observado, evaluado, archivado.
Antes te equivocabas y seguías. Ahora te equivocas y te explicas. Y luego te explicas otra vez. Por si las dudas. Por si dudas.
Reflexiono también en lo mucho que se ha profesionalizado todo. La vida, incluida.
Pensar ya no es pensar. Es construir un discurso (tuyo o no) que te defina. Opinar ya no es opinar. Es alinearte.
Todo el mundo parece experto en todo. Expertos exprés. En ideas. En valores. En macroeconomía. En estrategia militar internacional. Y sí, hasta en los viajes.
Y es que viajar ya no es viajar. Es demostrar que sabes viajar. El viaje se ha convertido en producto. La experiencia, en contenido. Las fotos, en currículum.
“Hoy en día, viajar parece un trabajo. Y para mí, viajar siempre fue lo opuesto a un trabajo”.
También hay gente que viaja porque hay que hacerlo. Y, sobre todo, para enseñarlo. Porque si no lo cuentas, parece que no ocurrió. Es como apuntarse a una moda aunque no te guste. Y hay quien por el camino, se queja. Y compara. Y repite constantemente que la comida no le gusta y te hace saber que quieree volver a su casa porque echa de menos su cama. Sus cosas. Su rutina.

Opinar es un poco eso también. Porque si no opinas, parece que no existes. El silencio hoy es sospechoso. Y eso me genera una resistencia creciente. No rabia… Cansancio. Un cansancio bastante lúcido.
Hace tiempo que huyo de las conversaciones en las que una persona piensa una cosa y la otra la contraria. No porque me incomode el desacuerdo. Me incomoda el automatismo. Ver a gente defender con uñas y dientes ideas que hace dos semanas no le importaban. Discutir para convencer. Quizás no estamos más polarizados. Quizás estamos demasiado ocupados/as/es defendiendo opiniones que no son nuestras. Buscando adeptos a una causa que dentro de no mucho, dejará paso a la que toque seguir.
Hace tiempo que dejé de intentar convencer a cualquiera de lo que sea. Primero, porque casi nunca se consigue. Segundo, porque suele acabar mal. Y tercero, porque siendo honesto, muchas veces no me importa la opinión del otro. O, al menos, no me importa lo suficiente como para sacrificar una conversación real por una batalla abstracta. Sin vencedores. Sin vencidos. Sin gloria. Con mucho olvido.
Opiniones heredadas. Prestadas. Recién desembaladas. Opiniones que no han pasado por la experiencia, ni por la duda, ni por el tiempo. Discutirlas es como discutir el título de una canción. Hace ruido, da vueltas y no va a ningún sitio.
Pienso también en lo curioso que es que hoy en día, mucha gente se posicione donde no debe. En espacios que no lo piden. Con discursos políticos gratuitos y poco creíbles vistos con perspectiva. No porque no tengan algo que decir, sino porque hay que decir algo. Porque callar ya no está permitido.
Tener voz no implica usarla todo el rato. Eso es una trampa contemporánea.
La voz, cuando se usa sin criterio, pierde peso. Se vuelve ruido. Se diluye. Hay una diferencia enorme entre hablar cuando toca y hablar para no callar. Hay muchas culturas en las que tu silencio dice mucho de ti. Y tu verborrea constante, también.
Me viene otra idea, bueno, una palabra. Un estado. Un concepto… Aislarse.
Para mucha gente, “aislarse”, es algo negativo. Como que suena mal. Pero para mí, es casi un salvavidas. No hablo de ausentarse del mundo. Me refiero a alejarse del ruido. De las interferencias. Puede que haya que darle un lavado de cara público a este concepto y ponerlo en valor.
Es necesario aislarse. Incluso en la ciudad más poblada del mundo, delimitar un perímetro mental puede ser muy sano. No es necesario irse a una montaña y vivir en una cueva para decidir qué entra y qué no. Qué lees. Qué discutes. Qué debates. Qué es lo que simplemente dejas pasar. Es necesario. No por desinterés. Por higiene.

Antes, el mundo no se te metía entero en casa. Ahora sí, y lo hace sin pedir permiso. Entra por la pantalla, a través de cualquier inesperada conversación, en una sobremesa furtiva, por un mensaje privado que no has pedido. Y creo, sinceramente, que no estamos diseñados para sostenerlo todo. No tenemos capacidad emocional para sentir diariamente y a escala planetaria, sin que algo se rompa por dentro.
Y entonces, aparece una idea que me gusta más que las demás: quizás va siendo hora de tomarse la vida como un hobby. Modo amateur.
Hacer cosas porque te gustan. No porque seas bueno. No porque las expliques, las monetices o te miren. Vivir sin traducir cada experiencia en una opinión. Pensar sin publicarlo. Viajar sin contarlo.

Nota: Cada vez me siento más orgulloso de haber hecho un viaje de 7 meses en furgo desde Fuerteventura a Estocolmo y no haber escrito un solo artículo sobre ello.
El amateur no da lecciones. No tiene discurso cerrado. No necesita convencer. Vive primero. Y si acaso, luego ya verá.
Puede que nunca existiera ese año en el que no pasó nada. Puede que lo único que existiera fuera un tiempo en el que no todo nos afectaba. Y quizás hoy, más que buscar un año mejor, lo único sensato sea elegir otra forma de estar. Más pequeña. Más cercana. Más nuestra. Aunque sea imperfecta. Aunque sea amateur.
Mi avión está a punto de aterrizar.
Ajeno al ruido, he podido escucharme de nuevo. No para llegar a ninguna verdad. Solo para pensar. Para ir saltando de idea propia en conclusión propia. Alguna más acertada. Otra menos. Según para quién, claro.

Alejarse del ruido es necesario. Fundamental.
Como te decía al principio, no te traigo esto para que te posiciones, sino para que te “desposiciones”.