La inocencia no se pierde de golpe. No hay un día. No hay un antes y un después. No hay una causa concreta. La inocencia se pierde por desgaste. Por consumo constante de un mundo que, en el fondo, es bastante aburrido.

Se pierde minuto a minuto. Con cada grito. Con cada castigo. Con cada mirada que corrige más de lo que acompaña. Con cada “esto no”, “así no”, “ahora no”, “eso no se hace”. La inocencia no se rompe. Se evapora.

Y lo peor… no vuelve.

La inocencia (la de un niño o una niña) es el mayor de los tesoros que existen. No porque sea frágil, sino porque es pura. Porque no necesita explicación. Porque no busca rendimiento. Porque no tiene un para qué.

Es disfrute original. Es hacer porque te sale. Experimentar porque se te ocurre. Imaginar porque es divertido. Jugar. Saltar. Reír.

En esencia, lo que debería de ser la vida.

La inocencia es vivir sin miedo a equivocarte porque no existe todavía el error. Es moverte sin presión. Sin estrés. Sin juicios. Es no preguntarte si está bien o mal, si gusta o no gusta, si encaja o no encaja. Es “hacer”, simplemente.

La inocencia no es ignorancia. Es libertad previa. Antes del miedo. Antes de la comparación. Antes del juicio. Antes del “qué dirán”.

Y por eso duele tanto cuando se va.

Porque no se va por culpa de un gran acontecimiento, sino por acumulación. Por rutina. Por exigencia. Por un mundo que empuja demasiado pronto a tener que entender, controlar y medir. La inocencia no se pierde porque el mundo sea cruel. Se pierde porque el mundo interrumpe.

Interrumpe el juego, la imaginación, el cuerpo y el tiempo propio. Y lo hace casi sin darse cuenta. Por eso, cuando se va, no hay drama. No hay llanto. No hay alarma. Solo un día te das cuenta de que ya no está. Y entonces entiendes algo incómodo: que la inocencia no se recupera. Que no vuelve. Que no se entrena. Que no se recarga. Se cuida mientras existe o se pierde para siempre.

Quizás por eso, cuando miramos a un niño o una niña jugar de verdad (sin objetivo, sin relato, sin testigos) sentimos algo parecido a la nostalgia… aunque nunca hayamos vivido eso conscientemente. No es tristeza. Es reconocimiento. Porque la inocencia, en su sentido más puro, es el más puro de los sentidos. O debería de serlo.

Y tal vez la única responsabilidad real que tenemos no sea explicarle el mundo a la infancia, sino no robársela antes de tiempo.

Aunque el mundo nos parezca aburrido. Aunque tengamos prisa. Aunque no sepamos muy bien cómo hacerlo mejor.

Porque una vez que se evapora, ya no hay vuelta atrás.

Dejar un comentario

Centro de preferencias de privacidad

Necessary

Advertising

Analytics

Other