Esta es una de esas preguntas que nos hacen una y otra vez. En mensajes privados. En correos bienintencionados. En conversaciones que empiezan con un “Oye, ¿y Europa…?”. Y casi siempre llevan implícita otra cosa: nuestra sorpresa. Como si hubiera que justificar por qué no lo intentamos. Así que vamos a hacerlo al revés. Sin justificar nada. Explicando, sí. Pero sin pedir permiso.
No viajamos en tribu por Europa porque, sencillamente, no creemos que seamos necesarios allí. Con esto ya estaría, pero vamos a desarrollarlo un poco más…

1. No somos necesarios
Europa es un continente explicado hasta la saciedad. Mil veces interpretado. Absolutamente señalizado. Impresionantemente regulado. Hay guías para todo. Normas para todo. Opiniones para todo. Itinerarios perfectos para todo.
No necesitas a una familia acompañante que venga a “explicar cómo viajar por Europa”. Europa se explica sola. Constantemente. A veces incluso demasiado.
Viajar en tribu, para nosotros, no va de llevar gente a sitios bonitos. Va de acompañar procesos, de abrir preguntas, de sostener aprendizajes. Y ahí es donde aparece la primera fricción: en Europa sentimos que no aportamos nada.
No porque no nos guste o no sea interesante, sino porque no hay vacío que ocupar. Y cuando no hay vacío, preferimos no ocupar espacio.

2. Donde más se aprende es donde más chirría
Esto suele incomodar, pero es muy verdad: creemos que los mayores aprendizajes nacen del choque cultural. No del exotismo, ni de la postal, ni de la diferencia superficial. Florecen en el choque real. Del “esto no funciona como pensaba”. Del “no entiendo”. Del “me descoloca”. Del “Me tengo que adaptar”. Europa es cómoda. Y lo cómodo enseña poco.
“¿Te hacemos falta para ir a Disneyland París?”
En Europa sabes cómo saludar, cómo pagar, cómo moverte, cómo comportarte. Incluso cuando no dominas el idioma, dominas el código. Y eso, para viajar en familia, tiene un límite muy claro: reduce la fricción cognitiva.
No viajamos para buscar seguridad. Viajamos buscando preguntas y encontrando respuestas. Y esas preguntas, hoy, las encontramos a bastantes más kilómetros de distancia.

3. Europa es cada vez más vieja (en muchos sentidos)
Este punto no va de edad biológica. Va de clima social.
Europa es un continente cada vez más normativo. Con más reglas. Más prohibiciones. Más “esto no se hace así”. Más juicios de valor silenciosos. Más miradas que corrigen sin decir nada. No es hostil. Es cansada. Está cansada.
Cansada de cuerpos que no encajan. De ruidos que no tocan. De niños que no se controlan del todo. Viajar en tribu exige flexibilidad. Margen. Espacios donde el error no sea una infracción leve. Y cada vez sentimos menos eso en Europa. No porque esté mal. Porque es lo que es.

4. Europa no es un continente kids friendly (con honrosas excepciones)
Esto no va de parques infantiles, hoteles familiares o menús para niños. Va de algo mucho más sutil: la sensación de estorbar. En demasiados lugares de Europa, los niños molestan. El ruido molesta. El movimiento molesta. El cuerpo pequeño fuera de su sitio molesta. El juego espontáneo molesta. Y no queremos eso para nuestras tribus.
No queremos que los niños aprendan pronto a pedir perdón por existir, a hablar bajito por defecto, a ocupar menos de lo que son o a sentir que sobran. Hay excepciones, claro. Italia, Turquía, Grecia… El sur. Siempre el sur. Algunos lugares concretos donde la infancia todavía forma parte del paisaje cotidiano. Donde no hay que justificarla.
Pero, en general, Europa no abraza la infancia. La tolera. Y no es lo mismo.

5. Ya recorrimos Europa (y sí, la queremos)
Esto también hay que decirlo. Porque si no, parece pose. Hemos recorrido muchos países europeos. Viajando en furgo. Lento. Con frío. Con lluvia. Con tiempo. Mucho tiempo. Noruega nos sigue llamando. Italia está en nuestro corazón para siempre. No hablamos desde el desconocimiento. Hablamos desde la experiencia. Y quizá por eso mismo, hoy en día, no nos tira.
Volveremos, seguro. Pero volveremos como individuos. No como proyecto. No como tribu acompañada.
Nota: ¿Islandia? Bueno… podría ser. Sí, es Europa, pero es naturaleza y a donde iríamos, hay poca gente que nos pueda mirar raro. El calor necesario nos lo daríamos en la propia tribu.

6. Viajar en tribu no va de destinos
Va de contexto. De sentido. De para qué. Viajar en tribu implica una responsabilidad que va más allá del viaje en sí. No llevamos gente a ver cosas. Acompañamos procesos vitales. Familiares. Educativos. Emocionales.
Y ahora mismo, Europa no es el lugar donde sentimos que eso ocurre con más potencia. No es un juicio. Es una elección.
7. El elefante en la habitación
A veces sentimos que hay una expectativa no dicha: que viajar lejos es huir. Que no elegir Europa es rechazar lo propio. Que hay algo ideológico detrás. Pero no lo hay.
Hay cansancio de lo explicado. De lo esperado. De lo previsible. Hay ganas de fricción. De contraste. De aprender desde la incomodidad bien entendida. De que los niños no sean una nota al pie del sistema, sino parte del centro.

8. No ir también es una forma de viajar
Decidir no ir a Europa no es un desprecio. Es criterio. Es decir: ahora mismo, aquí, no somos necesarios. Y preferimos estar donde sí.
Viajar en tribu no va de acumular países ni de tachar continentes. Va de elegir dónde tiene sentido estar en cada momento vital. Y este momento, para nosotros, no pasa por Europa.
Mañana, quién sabe. Pero hoy, no.
Y no pasa absolutamente nada.
