Después de varios meses imaginando cómo será ese viaje en familia, la realidad no llega a la altura “de tu ficción”. Puede llegar incluso a ser frustrante. ¿Por qué? Si a ti esto de viajar, antes te encantaba.

Escribir un artículo que lleva semejante título, suena a renuncia. A alas cortadas. A sueños interruptus. Y sí, algo de eso hay. Viajar con niños, sin duda cambia tu forma de viajar. Cómo no lo va a hacer si cambia tu vida entera. Incluso a ti.
Hay decisiones que, vistas desde fuera, parecen retrocesos. Como si hubieras cambiado libertad por logística. Improvisación por horarios. Kilómetros por parques infantiles. Y, en cierto modo, es verdad.
Durante años viajamos de una forma que hoy sería imposible. Dormíamos donde caíamos, comíamos cuando nos encontrábamos algo abierto y decidíamos el siguiente destino muchas veces esa misma mañana. El viaje era movimiento. Y el movimiento era libertad.

Con niños, el viaje se llena de pequeñas anclas.

Dormir mejor. Comer antes. Llegar con luz. Tener un baño cerca. Llevar agua. Saber dónde estás. Cosas pequeñas que, juntas, convierten el viaje en algo menos salvaje.

Peor viaje. O eso parece.

Porque en medio de esa aparente pérdida, ocurre algo curioso: empiezas a ver cosas que antes no veías. Te detienes más. Observas más. Escuchas más.
Antes podíamos cruzar una ciudad en un día. Ahora tardamos tres. Y, sin embargo, la conocemos mejor. Antes perseguíamos monumentos. Ahora puede que no lleguen nunca. Antes mirábamos a las personas. Ahora las personas nos miran a nosotros. El viaje, para Lucy y para mí, empezó siendo hacia fuera hasta que conseguimos darle la vuelta y fue hacia adentro. Ahora es hacia ella y él. A través de ella y él.

Nuestra idea era la de enseñarles el mundo, y son ella y él quienes nos lo están enseñando. Abriéndonos puertas invisibles. Permitiéndonos llegar donde antes era imposible.

Hay tres aspectos que cambian sí o sí.

Cambia el ritmo.
Todo pasa a ser más lento. Levantarse, salir, entrar, volver. Lo que antes era una transición rápida ahora tiene mil pequeñas paradas en medio. Un zapato que se quita, una pregunta inesperada, una distracción que aparece de repente. El día se estira.

Cambian las expectativas.
No vas a llegar a todo. Ni al templo que quedaba “a solo veinte minutos”. Ni al mirador que estaba “ahí mismo”. Ni a cumplir la agenda que habías imaginado la noche anterior con el mapa abierto. Todo está lejos constantemente. Incluso después de 13 horas de avión.

Cambian los lugares.
Aunque estés en otro continente buscando contraste y que todo sea diferente, seguirá habiendo parques y suelos donde sentarse a contar flores. Y también más paradas delante de cosas que, antes, no merecían ni un segundo de atención: una piedra, una hoja, un palo.

Cosas por las que nadie habría cruzado medio mundo.

Pero nuestra hija y nuestro hijo sí.

Y ahí aparece la decisión importante. Aceptar que el viaje es un medio. No un objetivo.

Aceptar que a esas dos pequeñas personas nadie les ha preguntado si querían recorrer diez mil kilómetros para ver esa pagoda. Aceptar que su forma de viajar no es la tuya. Cuando haces eso, algo cambia. Dejas de arrastrarlos por tu viaje y empiezas a mirar el suyo.

Te sientas más en el suelo. Esperas más. Miras más despacio. Sí, eso a veces cansa. Y aburre. Pero descubres que a través de su forma de estar en el mundo, el viaje vuelve a tener algo que había perdido para ti: la sorpresa. La sorpresa de estirar el tiempo en un lugar y que aparezca lo no planeado. Ahí es cuando se produce la magia.

Partamos de una premisa de “primero de viaje”: si un viaje en pareja o entre amigos tiene que ser interesante para todos los que lo hacen, ¿por qué no para un niño/a?

Cuando te das cuenta de eso y lo integras, empiezas a ver que a través de su viaje (el que realmente están viviendo y sintiendo), lo disfrutan más y crecen como personas.

Y tú, como madre o padre.

Nota: Y ocurre una pequeña paradoja. Cuando aceptas sus tiempos —y los tuyos—, algo se ordena. El viaje deja de ser una pelea constante contra el reloj. Y, curiosamente, cuando todo encuentra su ritmo, aparecen superpoderes. Vuelves a llegar lejos. Tan lejos como antes.

Dejar un comentario