Viajar sin decidir puede parecer libertad, pero también es una forma silenciosa de elegir. En este artículo reflexiono, desde la experiencia de viajar durante años sin rumbo fijo, sobre cómo la ausencia de planes, decisiones y certezas acaba construyendo igualmente un camino. Un texto sobre viajes, decisiones vitales y responsabilidad personal, más allá de mapas, destinos y frases bonitas.

No recuerdo exactamente en qué ciudad estábamos la primera vez que me di cuenta. Podría decir Tokio, o La Habana, o una estación de tren cualquiera en India, pero sería mentir. Lo recuerdo como se recuerdan las cosas importantes: algo difusas, pero con pegamento del bueno. Sin coordenadas claras, pero con una sensación física bastante nítida. Estaba sentado en algún sitio (seguro que incómodo), mirando pasar gente que iba a algún lugar concreto mientras nosotros no íbamos a ninguno en particular.

No era un problema. Tampoco una virtud. Simplemente estábamos ahí.

Prambanan

Viajar sin decidir suele venderse como una forma elevada de libertad. Como si no elegir fuera sinónimo de apertura, de mente flexible, de espíritu aventurero. Y a veces lo es. Otras veces no. Otras veces es solo una forma elegante de posponer lo inevitable: que cada día, quieras o no, estás eligiendo algo.

Aunque sea no elegir.

Durante años viajamos así. Sin un plan cerrado. Sin un itinerario que respetar. Sin fechas demasiado claras. Nos gustaba decir que dejábamos que el viaje decidiera por nosotros. Sonaba bien. Era una frase bonita. Funcionaba en conversaciones largas y en presentaciones improvisadas. Pero con el tiempo empecé a sospechar que el viaje no decidía nada. Decidíamos nosotros. Todo el rato. Incluso cuando fingíamos que no.

Porque decidir no moverte también es moverte hacia algún sitio. Decidir quedarte una noche más en una ciudad es decidir no estar allí en la siguiente. Decidir no comprar un billete es decidir seguir donde estás. Y decidir no pensar demasiado en el futuro es decidir vivir en un presente permanente que, evidentemente, también acaba pasando.

Algo que recordar

Hay una imagen que se repite mucho cuando hablas de viajar largo: la del mapa extendido sobre una mesa. Dedos recorriendo países, fronteras que se cruzan con facilidad, líneas imaginarias que no existen en la vida real. Pero casi nunca se habla del otro mapa. El invisible. El que se va dibujando dentro mientras haces como que no miras.

Ese mapa no entiende de países. Entiende de cansancio, de ganas, de miedo, de intuición. Y también de comodidad, aunque nos cueste reconocerlo.

Durante un tiempo confundimos viajar sin decidir con vivir sin miedo. Pensábamos que cuanto menos control intentábamos ejercer, más auténtica sería la experiencia. Como si la decisión fuera una forma de domesticar el viaje. De quitarle magia. De volverlo previsible. Ahora creo que no es tan sencillo.

No decidir no te libra del miedo. A veces solo lo disfraza.

Hay días en los que no decides porque no sabes qué elegir. Y otros en los que no decides porque sabes perfectamente qué tendrías que hacer, pero no te atreves. El resultado, desde fuera, es el mismo. Desde dentro, no tanto.

Recuerdo una mañana concreta. Otra más sin nombre. Estábamos desayunando en un sitio cualquiera. Café malo, pan correcto. Olores ajenos. Alguien en la mesa de al lado hablaba de su próximo destino con la seguridad de quien ya ha comprado el billete. Yo asentía mentalmente mientras pensaba que nosotros no teníamos nada parecido. Ninguna certeza. Ningún “lo próximo es”.

Y, por primera vez, eso no me pareció romántico. Me pareció cansado.

Torres del Paine

Viajar sin decidir exige energía. Mucha. Porque cada día vuelve a colocar todas las opciones sobre la mesa. Porque no hay nada cerrado. Porque todo está siempre abierto. Y vivir en un estado permanente de apertura puede ser maravilloso… o agotador. A veces las dos cosas a la vez.

La decisión, en cambio, tiene mala fama. Suena a renuncia. A compromiso. A límite. Pero también tiene algo de descanso. Decidir cierra puertas, sí. Pero también te permite caminar sin estar mirando constantemente a los lados, por si te estás perdiendo algo mejor.

Durante mucho tiempo pensamos que decidir era lo contrario de viajar. Ahora creo que decidir es una parte inevitable del viaje. Aunque sea decidir no moverte. Aunque sea decidir esperar.

Hay quien viaja “para encontrarse”. Otros “para perderse”. Y algunos para no pensar demasiado. No pasa nada. El problema empieza cuando confundes no pensar con no decidir. Porque incluso ahí hay una elección detrás. Solo que no siempre quieres hacerte responsable de ella.

En el viaje, como en la vida, hay decisiones pequeñas que parecen inofensivas. Una noche más. Un día menos. Un “ya veremos”. Pero esas decisiones, acumuladas, construyen una dirección. Aunque no la hayas marcado conscientemente.

Algo que recordar en Monument Valley

Durante una época nos gustaba decir que vivíamos “dejándonos llevar”. Lo decíamos con orgullo. Como si fuera una forma avanzada de sabiduría. Como si abandonarse a la improvisación fuera siempre mejor que tomar el timón. Con el tiempo entendí que la deriva también tiene corriente. Y que, si no miras de vez en cuando hacia dónde te lleva, puedes acabar muy lejos de donde creías estar y no saber muy bien cómo has llegado.

No estoy hablando de planes cerrados ni de agendas apretadas. Tampoco de controlar cada paso. Hablo de algo más incómodo: de asumir que incluso cuando no decides, estás eligiendo una forma de estar en el mundo.

Viajar sin decidir puede ser una decisión valiente. O puede ser una forma elegante de no enfrentarte a ciertas preguntas. La diferencia no siempre se nota desde fuera. Desde dentro sí.

Hay viajes que te empujan a decidir. Y otros que te permiten aplazarlo todo. Los primeros suelen incomodar más. Los segundos son más amables. Pero no siempre son los que más te mueven.

Viajando en furgo

Con el tiempo, aprendimos a no hacer apología del viaje imposible. A huir del viaje eterno. A no desear el grandilocuente.

Hemos ido aprendiendo a desconfiar un poco de las frases bonitas (y ojo, somos creadores de varias). De esas que parecen explicar mucho y en realidad explican poco. “Fluir”, por ejemplo. Palabra cómoda donde las haya. Fluir suena a agua limpia, a movimiento natural, a ausencia de fricción. Y un día piensas que el agua fluye y se te escapa entre los dedos. Metáfora visual altamente aclaratoria si lo unes a lo anterior.

Recuerdo el día en que por primera vez (de verdad) decidimos volver (la anterior decisión fue una vuelta forzosa). En esta ocasión no fue un drama. No fue una epifanía. Fue una conversación tranquila. Casi aburrida. Y eso que estábamos en “el mejor momento”. –¿Volvemos? –Vale. Y, sin embargo, fue una de las decisiones más importantes que hemos tomado. Porque hasta ese momento, volver no era una opción clara. Era algo que estaba ahí, flotando, como todo lo que no se nombra.

Decidir volver fue cerrar una etapa. Pero también fue abrir otra. Al poco tiempo llegó Koke. Luego el viaje en furgo. Después Tindaya.

Castillo de Osaka

Viajar sin decidir también es una decisión. Y no tiene nada de malo. Lo único peligroso es creer que así te libras de elegir. Porque no es verdad.

Elegir constantemente agota. Responsabilizarte de lo que haces con tu tiempo, con tu energía, con tu vida, siempre cansa un poco. Por eso a veces preferimos llamarlo de otra manera. Por eso nos decimos que las cosas “no pasan” sino que “nos pasan”.

Sentarte a mirar cómo salen o llegan trenes es una forma de viajar. Incluso quedarte quieto es un movimiento. Hacia dentro, hacia atrás, hacia otro sitio que no siempre sabes nombrar.

Con los años hemos aprendido a valorar más las decisiones pequeñas que las grandes declaraciones. Decidir quedarnos. Decidir irnos. Decidir parar. Decidir seguir. No como gestos heroicos, sino como actos cotidianos. Silenciosos. Sin aplausos. Estamos ahí ahora.

Viajar, al final, no va de cuántos países has pisado ni de cuántos planes preestablecidos has evitado. Va de cuánto te haces cargo de lo que haces mientras estás en movimiento. O mientras no lo estás.

No decidir puede ser una forma honesta de estar. Siempre que sepas que estás decidiendo eso. Siempre que no te escondas detrás de la idea de que el viaje lo hace todo por ti.

Porque el viaje acompaña. Sugiere. Empuja a veces. Pero no decide. Eso sigue siendo cosa tuya.

Aunque no quieras reconocerlo.

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