Testimonio de un padre que dice abiertamente: “No me gusta jugar”. Con todas sus consecuencias. Con todo lo que ello implica.

Hay padres que se tiran al suelo sin pensarlo. Construyen fortalezas con cojines. Hacen voces. No les importa que todo se manche de pintura. Se dejan ganar.

Yo no soy uno de ellos.

Tengo un hijo de nueve años y una hija de cuatro. Luminosos. Libres. Inquietos. Con una necesidad de juego constante, casi fisiológica. Como si jugar fuera respirar. No hablo de la infancia en abstracto. Aunque supongo que es algo inherente a dicha época (ojo, veo por ahí niñas y niños que no son tan movidos), hablo de ellos. De los míos. De cómo invaden el salón con dragones invisibles mientras yo intento terminar un párrafo que nadie me ha pedido pero que necesito escribir.

Dicen que esta etapa hay que disfrutarla. Que pasa rápido. Que luego la echas de menos. Puede ser. Lo dice gente que me habla desde el futuro. Pero yo lo vivo en tiempo real. A veces, incluso a cámara lenta.

Resulta que pasamos mucho tiempo juntos. Más del que muchos imaginan. Más de lo que se considera “normal”.

Viajes, mañanas largas, sobremesas sin reloj, tardes infinitas, noches interminables. No es una postal. Es convivencia real. Y en esa realidad, ellos quieren jugar. Mucho. Todo el tiempo.

Y yo… no.

Un rato, sí. Me siento. Entro. Me esfuerzo. Me dejo arrastrar. Pero al cabo de un tiempo, algo en mí se apaga. Me aburro. Me canso de una forma extraña. No lo necesito. No es físico. Es interior. Como si me pidieran hablar un idioma que ya no practico.

“Jugar no me representa”.

Y esa frase, incomoda. A mí el primero.

Ellos boicotean nuestras conversaciones de adultos sin piedad. Nosotros, a veces, boicoteamos sus mundos imaginarios con la misma falta de entusiasmo. Supongo que es justo.

El baño… Un refugio. Un bunker. Un efímero y justificado remanso de paz.

Las dudas aparecen solas: ¿Estoy haciendo algo mal? ¿Recordarán a un padre ausente en el juego? ¿Habrá un pequeño trauma archivado para siempre en algún rincón?

Duras preguntas. Dolorosas respuestas.

Una parte de mí querría ser distinto en esto. Tirarme al suelo sin mirar el reloj.

La otra parte se resiste. Busca silencio. Busca estar “a sus cosas”. Necesita espacio mental como otros necesitan movimiento.

He llegado a preguntarme si es egoísmo. Puede. Pero también puede ser supervivencia.

Siempre he tenido mucha vida interior. Mucha conversación conmigo mismo. Me cuesta salir de ahí para entrar en un universo donde las reglas cambian cada treinta segundos y nada tiene por qué tener sentido. Para jugar hay que valer y ser. Y quizás ese músculo, si no lo ejercitas, se oxida. Se atrofia. O quizás simplemente, muta.

¿Lo tuve? Me pregunto. Tuve esa capacidad de juego infinita. Asumo que sí. No me acuerdo.

Eso sí, aquí viene el “PERO”. Y va exactamente donde tiene que ir. Anulando lo anterior.

Pero…

Les quiero con una intensidad que no se negocia. Estoy. Abrazo. Miro. Observo. Acompaño. Escucho sus idas y venidas que me arrancan una sorpresa y me hacen reír inesperadamente. Me equivoco y vuelvo. No desaparezco. Solo que… no juego tanto como ellos querrían.

Tal vez la paternidad no consista en ser todo lo que tus hijos desean en cada etapa. Tal vez consista en ser verdadero delante de ellos. En no fingir entusiasmo permanente. En enseñar que el amor no siempre adopta la forma que uno imagina.

Ellos necesitan jugar. Yo necesito silencio. Y en esa tensión vivimos. A veces cedo yo. A veces ceden ellos. Quizá eso también sea jugar.

O eso me digo para no sentirme mal cada vez que digo: “No me apetece ahora” o “Es que tengo que hacer esto o lo otro”.

“Koke, Tin… si algún día os encontráis con esto, quiero que sepáis que me habría gustado infinito jugar siempre que me lo pedíais, pero no me salió, no pude o no, no quise. Y nada de eso, invalida lo mucho que os quise, quiero y querré y lo mucho que intenté siempre suplir esa falta de juego con otras muchos momentos que espero, queden dentro para siempre.”

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