Nuestro punto de partida

No era la primera vez que viajábamos a África y sin embargo… sabíamos que este viaje sería otra cosa. No por la ruta. Ni por los paisajes. Ni siquiera por ir en familia. “Vais a cruzar una importante barrera mental. Vais a viajar al Africa negra” nos dijeron. Yo estaba mentalizada de que volvería “tocadita”

Hasta ahora, nuestra relación con África había sido diversa. Mauricio fue trabajo. Íbamos con la cabeza puesta en lo que había que hacer, no tanto en lo que había que sentir.
 Sudáfrica fue naturaleza salvaje y un momento vital importante: allí Koke dijo su primera palabra, y nosotros hicimos un road trip que todavía sigue resonando.
 Egipto también fue trabajo, pero nos sorprendió gratamente. Y, con un Koke muy pequeño, terminó de desmontar algunos miedos que aún rondaban sobre viajar lejos con niños.
 Marruecos es otra cosa. Marruecos es casa. Es un lugar al que volvemos una y otra vez, en tribu, en familia, con amigos, con abuelos. A Rubén le atrapa visualmente. A mí me enamora todo lo demás: su cultura, sus valores, sus rituales, su forma de entender la vida. Es un país infinito.

Y, sin embargo, Senegal fue otra cosa.

Sabía que podía pasar. No es la primera vez que un lugar me mueve por dentro. Pero esta vez no fue una sacudida puntual. Fue un espejo. Y no siempre es cómodo mirarse en el reflejo de otros lugares para entender lo que nosotros no somos.
He vuelto con la sensación de que, en este lado del mundo, nos hemos complicado mucho la vida. Y lo dice alguien privilegiada. Alguien que ha podido elegir. Que ha trabajado en lo que ama. Que ha acompañado la educación de sus hijos en primera persona. Que ha tomado decisiones importantes sin seguir necesariamente “lo que tocaba”. Y aun así, he sentido que algo no encaja.
Nuestros hijos no pasan todas las tardes jugando en la calle.
 No crecen rodeados de otros niños todo el tiempo.
 No aprenden a resolver conflictos solos con la misma frecuencia.
En Senegal hay pocos juguetes y muchas habilidades sociales.
 Hay muchos niños. Muchísimos.
Y hay adultos disponibles, pero no encima.
En Senegal los niños no son el centro constante de atención, pero tampoco están desatendidos. Están acompañados. La diferencia es sutil, pero enorme. Los adultos curan heridas, preparan comida, dan una patada al balón de vez en cuando… pero no viven volcados en entretener. La diversión está entre iguales. Siempre hay alguien con quien jugar. Siempre hay vida alrededor. A los niños se les deja en paz.
 No se les dan tantas órdenes.
En Senegal no hay apenas procesados. La comida es de verdad. Es lo que comía mi abuela y la tuya. No hay tanta variedad de frutas porque se come de temporada. Ni tampoco hay estanterías de miles de salsas, galletas y cereales. La comida tiene sabor a comida. Hay muchas conchas en las playas y también un problema de gestión de las basuras. Sobre todo, de todo aquello que ha llegado de fuera.

Y entonces me surgió la pregunta que me acompañó durante todo el viaje. La misma que nos hicimos hace más de una década en Asia.

¿Por qué los niños apenas lloran?

La crianza no es un asunto privado. Es comunitario. Los niños pasan de unos brazos a otros con naturalidad. Nadie pide permiso para cuidar. Nadie mira raro si alguien interviene. La tribu existe porque es necesaria. No porque esté de moda. Y, curiosamente, no sentí tanta carencia como pensaba que encontraría. Había menos cosas, sí. Pero no menos vida. No menos presencia. No menos dignidad. Me di cuenta de hasta qué punto nuestra mirada occidental está condicionada por la idea de necesidad. Creemos que falta mucho cuando, en realidad, sobra otra cosa.
Las casas tienen las puertas abiertas. Literalmente. Se entra, se sale, se comparte. No hay esa obsesión por proteger lo propio, por delimitar, por cerrar. Y no porque no haya problemas, sino porque la vida se hace de cara. Con otros. A la vista. Imagino que el concepto de intimidad al igual que en Marruecos, tampoco se maneja mucho por estos lares. Las ollas de comida son grandes. Quien está en casa ese día come en casa. Hay un plato en el centro y muchas manos que se lavan antes y después de comer. La comida se comparte. Se lo repito una y cien veces a mis hijas. La comida se comparte. Lo que tengas de comida lo compartes con quien haya en la sala. Tus juguetes serán tuyos pero la comida que tenemos la compartimos. Mi madre se encargó de grabarme este mensaje por debajo de la piel: “nunca dejes a nadie sin comer mientras tu estás comiendo”. Y mientras escribo esto, escucho como acaban de invitar a tomar un café al señor que limpia la escalera de su edificio. No solo me lo dijo, la he visto cientos de veces hacerlo.

Le pregunto a Adama, nuestro guía local. Está más que acostumbrado a viajar con familias de españoles y seguro que ha notado la diferencia. ¿Por qué no lloran los niños senegaleses? Me responde que lloran a veces pero que los nuestros lloran mucho más. Su razón es que nuestros hijos tienen exceso de atención. Me reúno con Pau de aethnic para hacer el cierre del viaje. Le cuento mis impresiones y me da otra razón: nuestros hijos la lían muchas veces porque parece que estamos con ellos pero en realidad estamos a otras cosas. “No es tanto la atención es la conexión”, me dice Pau. En Senegal la balanza está invertida. Hay mucho tiempo al día de conexión entre las personas. La sensación es que cada ser humano está haciendo lo que es propio de su etapa o su rol social. Pero todo eso funciona simultáneamente en el mismo espacio tiempo. Las estancias en las casas, lo que hay en las calles. No hay columpios en los que hacer fila esperando tu turno. Hay muchos árboles a los que subir. Sin necesidad de tener que esperar a que te toque y sin embargo, cuando por lo que sea hay que ir por turnos no hay problemas.

Sigo sin entender qué es entonces lo que nosotros “hacemos mal”- Y le escribo a Ares. Además de ser consultor de crianza y maestro, es padre de cuatro hijos. El año pasado viajó junto a su mujer Ana, también maestra y con varias experiencias de cooperación a sus espaldas a Tanzania. Sé que también volvieron removidos. Quizás ellos me puedan ayudar a deshacer este nudo que tengo en la garganta. Me habla de algo que también me dejó caer Adama: la autoridad vertical. La ley del más fuerte. Si alguien saca un poco los pies del tiesto se puede llevar un golpe. Y yo me llevo las manos a la cabeza con esto porque en la esfera pública no lo he visto pero eso no significa que no suceda.

Senegal y el tiempo que no corre ni vuela, permanece

Nos hemos convertido en expertas en manejar el arte de estar en un lugar sin estar. Parece una chorrada pero termina pasando factura. No estamos diseñados para eso. De abarcarlo todo. De complicarnos la vida. Las celebraciones. Las bodas, los cumpleaños, los carnavales… de rizar el rizo cuatro puntos más allá. Tenemos que mirar a los ojos a la exigencia del día a día y hacerle una peineta con toda la fuerza que podamos. Tenemos que recuperar nuestra paz. Porque os juro que hemos mirado a los ojos de un montón de personas que viven en paz. Que celebran, mucho, pero con bailes, cantos y tambores y un pareo de tela. Eso es viajar a Senegal. Todo lo que aquí has leído, tú y nosotros ya lo sabemos. Ya hace tiempo que lo venimos pensando y que lo hablamos con otras personas. Pero una cosa es saberlo y otra vivirlo. Y eso, es lo que nos hemos traído de Senegal. Te podría hablar de la ruta, de los baobabs, de escalar un árbol de 30m en mitad de la selva, del pescado alucinante y las conchas gigantes de las playas. De los paseos en barca entre manglares. Te podría hablar de lo divertida que fue la clase de djembé, del taller de cestería con mujeres, de cocinar empanadillas o del árbol sagrado de Abené. Pero siento que todo eso está en un segundo plano. Que han sido ventanas que se iban abriendo hacia otro mundo. Porque os juro que hay otro mundo.

El tiempo en Senegal no se mide igual. No se fragmenta. No se exprime. No se optimiza. El tiempo se vive. Y eso, para quienes venimos de una cultura donde casi todo es urgente, descoloca. Al principio incomoda. Luego relaja. Y al final, transforma.
Hubo un momento, durante el viaje, en el que entendí que allí el tiempo también sirve para estar juntos sin que haya un motivo concreto. Lo vimos claramente durante la ceremonia del baile del Ekompo. La gente empezó a llegar poco a poco. Sin avisos. Sin horarios. Se iban sumando. Se quedaban. Durante horas. Nadie parecía tener prisa por irse a otro sitio.

¿Cómo puede ser que nadie sepa quién es el Ekompo?

No en el sentido literal, sino simbólico. Nadie lo firma. Nadie lo capitaliza. Nadie lo convierte en espectáculo. Es de todos y de nadie. Existe porque tiene que existir. Y eso, para alguien como yo, acostumbrada a poner nombre, autoría y explicación a casi todo, fue profundamente revelador. El Ekompo es un personaje que habita debajo de un disfraz de hojas de palmera. No necesita ser entendido. Solo vivido. Todo el mundo respeta que no se sabe quien está debajo de esas ropas.
África es fascinante. Es cierto eso que dicen que es volver a lo más profundo de nuestro ser. Senegal ha sido una puerta más que se abrió hacia ese continente que siento como pendiente, como por descubrir, como por comprender sin prisas. No desde la épica, sino desde la escucha.

No todo el mundo quiere irse

Kafoutine me removió de otra manera. Ver cómo se construyen los cayucos allí, con una mezcla de saber ancestral y necesidad presente, sabiendo que muchos de ellos acabarán cruzando el océano rumbo a Canarias, cargados de personas que pagan hasta 1.500 euros por una promesa incierta, fue duro. Muy duro.
Personas que se suben a esos cayucos buscando “una vida mejor”, sin saber si llegará. Y al mismo tiempo preguntarte, inevitablemente, si la vida que idealizamos desde Occidente es realmente tan mejor como creemos. O si también está llena de vacíos que no siempre sabemos nombrar.
En Senegal entendí que no todo el mundo quiere irse. Que muchos quieren quedarse. Que hay arraigo. Que hay pertenencia. Que hay sentido. Y que, a veces, lo que empuja a marcharse no es solo la falta, sino el relato que hemos construido sobre lo que significa vivir bien.

El mal de África


Volví de Senegal con menos certezas y nuevas preguntas. Y eso, para mí, es una buena señal. Volví con la sensación de que necesitamos reaprender a esperar. A criar acompañados. A abrir puertas. A quedarnos sin respuestas. El tiempo pasa distinto allí. No porque sea más lento, sino porque no corre detrás de nada. Y quizá, solo quizá, eso sea algo que necesitamos recordar.
Para digerir todo esto, sigo cruzándome mensajes con amigas y amigos viajeros que aman África y lo recorren desde hace años. Me hablan de lo que los franceses bautizaron como el “mal de África” que viene a ser la nostalgia por volver a este continente. A compartir rituales con sus gentes. A sentir ese corazón que late fuerte donde empezó la historia del ser humano. Quizás es tiempo de empaparse de todo eso que allí sigue vigente. Quizás aquí nos hemos pasado de frenada y necesitemos un buen baño de volver a los orígenes. Quizás… yo ya iba a Senegal a dejarme contagiar por el mal de África.

A veces un viaje dura muchos más días de los que hemos estado viajando. La cabeza devuelve pensamientos, preguntas y situaciones una y otra vez. Ahora sé que con el tiempo poco a poco todo se va colocando. Que escribir ayuda, que hablarlo con otros viajeros ayuda, que seguir leyendo e investigando más sobre ese lugar también ayuda. Es lo que coloca un destino en mi lista de lugares visitados en otra posición. Cambios, dudas, reflexiones que muchas veces no llevan a ninguna parte. Incapacidad para cerrar le pestaña mental de ese destino. Ya estoy atrapada para siempre por ese lugar y eso solo significa una cosa… que quiero volver. Porque como bien me dijeron Marta y Elisa (mamás de dos familias que nos han acompañado en los viajes en tribu) ¿de qué otra manera podemos enseñarles a nuestros hijos que la nuestra no es la única manera de vivir si no es viajando en el más amplio sentido de la palabra?

NOTA 1: ya en proceso de trabajo junto a Aethnic una edición especial para mamis y peques a Senegal en otoño. Compartiendo muchos momentos de la vida cotidiana con sus mujeres. Acompañadas por una mujer como guía local.

NOTA 2: Si quieres profundizar más en las luces y las sombras de la infancia en Tanzania que tiene muchos puntos en común con lo que nosotros vimos en Senegal escucha este podcast de Ares que habla de ello, sin juicio y con mucho amor.

NOTA 3: Si quieres conocer más sobre el proyecto Origen, una de las iniciativas de Open Arms para contarles la realidad a los senegaleses de lo que van a encontrar al llegar a Europa escucha este capítulo en el que La Maleta de Carla les hace una entrevista.

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