Si hubiéramos ido a Irlanda hace veinte años, seguramente habría sido con la excusa/coartada/estratagema de querer aprender inglés. Habríamos pasado allí un inolvidable mes (con suerte algo más) para supuestamente, intentar saldar esa eterna deuda pendiente. ¿Lo habríamos conseguido?

Pasear por las calles de Dublín es, en ocasiones, como hacerlo por la Gran Vía. Cientos de chavales tomando un café (irlandés) o una cerveza (irlandesa), pero charlando con otros españoles. Se les ve tan felices… (añádase aquí y ahora una pausa a modo de breve silencio). Así a primera vista, intuimos que veinte años después, no debe de haber cambiado mucho la cosa.

Imposible no seguir el ritmo… (Temple Bar)

Y es que lejos de Temple Bar. A unos 1.500 km. de distancia, seguro que hay unos padres ilusionados que contarán que su hija o hijo se ha ido a aprender inglés al extranjero. Y la verdad, no estamos seguros de que eso ocurra. Lo más probable es que él o ella, se enamoren de una italiana o incluso (vaya tela) de un español (eso sí, de la otra punta del país). Del tema del inglés… poco. «Iba para aprender inglés, y acabó yéndose a vivir a Canarias».

Atardece en Dublín…

Como en todo, hay excepciones. Ocasionalmente, seguro que alguien se trajo algo más de inglés de lo que llevaba. No seremos nosotros los que digamos lo contrario. Eso sí, de lo que estamos convencidos, es de que todos volvieron con un cariño eterno hacia Irlanda.

Esas casitas de colores que pueden con el día más nublado (Cobh)

Ya al segundo día de estar por allí, te das cuenta de que están muy lejos de la seriedad y corrección del norte. Y es que por aquellos lares, cerca de Invernalia, la gente suele ir bastante a lo suyo. Pero los irlandeses… no. Ellos no. Y es que su forma de vida es contagiosa. Entre cervezas de medio litro y música en directo ahora sí y luego también, eres uno más. Da igual que no puedas mantener una conversación profunda y larga en su idioma. Estás compartiendo el momento. Y además, eres bien recibido.

Sí, nos hizo muy buen tiempo (Wicklow)

¿Quién puede resistirse a algo así?

Y al final es normal que el que viene de fuera, se deje llevar por el ambiente y se dedique a vivir la experiencia. Dublín, Cork, Galway… ciudades para estudiantes con mucha vida que atrapan almas de por vida (con cadenas invisibles, eso sí). Almas de aquellos que fueron por un motivo claro. Con un fin. Y se volvieron con mil experiencias y el corazón dividido. O mejor dicho, compartido.

Hay que ver lo qwue nos gusta un acantilado… (Cliffs of Moher)

En el poco tiempo que hemos estado recorriendo Irlanda en coche (medio más que recomendable para disfrutar como se merece este país), hemos sido recibidos siempre muy bien o especialmente bien. Nos hemos llevado buenos momentos de la gente de Glendalough, Wicklow, Wexford, Kilkenny, Cobh… Personas que disfrutan de su tiempo, de su país, de la vida en general y que te contagian toda esa fuerza quieras o no. Pero además, nos ha llamado la atención la permanente presencia (sin estar allí), de «la gente que una vez fue irlandesa». Y es que hemos recibido cientos de mensajes de todos aquellos que han seguido por instagram nuestro recorrido y que, veinte años después… se acordaban con cariño extremo de la que para todos, es su segunda casa.

«Hola Irlanda» (Rock of Cashel)

¿Hay mayor seguro de garantía que ese? No. Ni en tripadvisor, ni en booking, ni en lonelyplanet… Gente que se llevó dentro un país para siempre. No una reseña de un hotel. No un plato de un restaurante. No una foto de un tour guiado.

Tan bien puesto todo… (Powerscourt Waterfall)

Por si para no enamorarse de Irlanda (y más allá de la cerveza y la música), fuera poco el derroche de hospitalidad de estos sureños del norte, es imposible ignorar ese verdor que todo lo puede e inunda vistiendo de largo cientos de inesperados paisajes.

Así, como quien no quiere la cosa (Lough Tay)

Carreteras de cuento y cascadas tan perfectas que no salpican. Lagos, montañas y acantilados que protegen cientos de castillos medievales. Leyendas, hadas y duendes que acaban con el enano gruñón que todos llevamos dentro (ese, que hace ya algún tiempo, la tomó con aquel niño que una vez fuimos incluso por fuera).

¿Quién vive ahí? (Irish National Heritage)

¿Hace falta pedir más?

Hemos ido a Irlanda (le teníamos tantas ganas como a Islandia). Por fin. Veinte años después de lo que tocaba. Menos tiempo del que se suele ir cuando uno supuestamente va a aprender inglés… y lo que aprende realmente, es a querer un país que no es el suyo (gran aprendizaje, por cierto). Irlanda nos ha pillado mayores como candidata a esa efusividad incondicional del primer amor. Eso sí, aunque enarbolamos con fuerza la bandera del «descubre Irlanda mejor antes que después», los amores de verdad, aparecen siempre en el momento justo.

Todo es de verdad (Johnstown Castle)

Nota: este artículo de sensaciones encontradas, es fruto de un viaje en colaboración con la Oficina de Turismo de Irlanda a la que agradecemos que nos haya ayudado a descubrir su país a nuestro modo. Moviéndonos a nuestra manera y a nuestro ritmo. Dándonos plena libertad y apoyo. Corto (una semana), pero intenso. En breve, daremos algunos consejos más prácticos. De momento, vayan estos párrafos a modo de aperitivo… veinte años después.

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