Todos tenemos un pasado. Experiencias, relaciones, viajes… Las circunstancias y nuestras decisiones anteriores, nos llevan a donde estamos ahora. Lucía, recuerda sus viajes a.R. (antes de Rubén) así…

El verano de mis 21 años entendí que con el inglés de las academias no llegaría a ninguna parte y me fui a la Isla de Man (situada en el mar de Irlanda, entre Inglaterra e Irlanda). Llegué en compañía de una amiga pero nuestros caminos se separaron un par de días después. Ella se fue a Londres y yo me quedé sola por primera vez en la vida, en un país desconocido. Tenía que encontrar trabajo, casa y hablaba peor inglés del que me imaginaba. Llamé llorando a mi madre desde una cabina mientras escuchaba la lluvia caer a mares a mi alrededor. Ella me escuchó y me dijo una de las frases que más me acompañan cada vez que las cosas se tuercen: «¿Corre peligro tu vida? Entonces quédate e inténtalo. Piensa en todas las personas que cruzan el océano en busca de una vida mejor y ni siquiera tienen la opción de volver». [Bofetada de realidad en toda mi jeta]

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Al día siguiente encontré una casa maravillosa en la que me permitieron vivir a un precio especial a cambio de darle clases de español a las hijas de los dueños. Dos días después empezaba a quemarme las huellas dactilares en las planchadoras de la lavandería de un hotel y a entender la diferencia del tamaño de las sábanas de una cama King, Queen, Single, Suite y ya no recuerdo qué más. Rodeada de rusas y alemanas que se reían de lo pequeña que era y la poca fuerza que tenía para levantar pesos. Eso sí, por contrapartida tuvieron que soportar el flamenco y a Manu Chao.

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Las clases de salsa me regalaron grandísimos momentos, personas que se convirtieron en mi familia y aprendí a beber cerveza (Coronita, por motivos económicos). Fui por primera vez sola al cine, a un museo, a dar un paseo… escribí cartas, un diario y volví a España cuando terminó el verano con un subidón brutal. Ya no había vuelta atrás.

El año siguiente empecé a trabajar como becaria en un departamento de marketing mientras seguía como podía con la carrera. Convencí a mi jefa para que me mandaran 3 meses a trabajar con el equipo de Holanda. Era una oportunidad de mejorar las relaciones con la red, de aprender nuevas estrategias… Me dijeron que sí, pero que yo tendría que encargarme de buscar alojamiento. Lo intenté por internet pero todo era carísimo y no sabía muy bien si me pillaba muy lejos de la nueva oficina. Mi plan fue: plantarme allí, localizar mi nuevo lugar de trabajo y empezar a hacer círculos alrededor buscando un hogar. Tocando puertas, buscando anuncios en el periódico… algo saldría.

Cuando iba en el tren, un chico me preguntó que a dónde iba. Le conté la historia y se quedó más pálido de lo que ya era. “Esta es una zona residencial de casas unifamiliares. No vas a encontrar nada.” Me invitó a casa de sus padres y desde allí, empezaríamos a buscar por internet. Y… ¡sorpresa! Mientras buscábamos, su madre habló con una vecina que tenía un garaje habilitado como vivienda donde yo podría vivir. Era como un mini apartamento delante de un jardín, con baño y cocina. No necesitaba más. Me dejaron una bicicleta y se convirtieron en mi nueva familia holandesa. El universo me volvía a mandar un mensaje: siempre que saltes al vacío tenderé una red para no dejarte caer.

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En Holanda no todo fueron risas. Mi jefe me trataba fatal. Para él era un estorbo que venía de un lugar subdesarrollado en el que todo se hacía mal. Los que siempre llegamos tarde, los que no sabemos gestionar impuestos, el país de los corruptos y el dinero negro… Hablaba mal de mí en holandés delante de mi cara pensando que no entendería nada. Pero no es el idioma lo único que envía mensajes. Mi inglés no era tan bueno como el suyo y aprovechaba que no podía defenderme de una forma elocuente. Pero las semanas fueron pasando y mi inglés fue mejorando.

Un día empezó a echarme una de sus chapas y le contesté. El espíritu de Shakespeare me poseyó. No paré hasta soltarle todo lo que pensaba de la gente que como él se cree superior y trata mal a los de otros lugares solo por ser diferentes. Se quedó pálido y me felicitó. “Vaya, veo que has aprendido más de lo que pensaba por aquí”.

El sueño holandés se terminó y volví a Madrid para enfrentarme a algo que debería haber solucionado mucho antes. Ese novio de adolescencia que se encarga de destruir todos tus sueños. “Pon los pies en la tierra de una vez. Deja de soñar con recorrer el mundo y vivir aventuras. La vida no es como tú te la imaginas. Se te ha subido a la cabeza lo de juntarte con holandeses. Esto es España y aquí nos vestimos con alpargatas”. Esa visión de verme a mi misma como una alpargata fue crucial. “Tu serás una alpargata pero yo soy un tacón de aguja” (podría haber dicho una bota de montaña pero no me salió).

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Terminé la universidad libre cual grulla y deseosa de conocer mucho más. Dejé el trabajo en el que estaba y compré un billete a Argentina. Llegué sola y volví acompañada. Fueron 3 meses mochileando por Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil viajando a la antigua. Sin datos en los teléfonos, llamando desde cabinas para preguntar si había habitación libre… Volví a España con 20€ en la cuenta y varios kilos de más. Pero el universo me volvió a guiñar un ojo y encontré trabajo en una semana, justo para el proyecto en el que después conocería a Rubén.

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Vinieron otros viajes en compañía: Venezuela, el interrail por Grecia, Macedonia y Bulgaria, Marruecos, Nueva York e India (mi primera vez en Asia). Dicen que los desiertos ayudan a ordenar los pensamientos y a aclarar la mente. Allí, después de 3 días recorriendo Rajasthan, conocí a un australiano que viajaba sin billete de vuelta. Para él era lo más normal del mundo. Para mi una utopía. Fue entonces cuando ese pensamiento apareció nítido en mi mente: yo eso lo tengo que experimentar una vez en la vida.

Lo que nunca me imaginé es que Rubén se sumaría a ese sueño y lo multiplicaría para convertirlo juntos, en una forma de vida.

 

 

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2 Comentarios

  1. Mil gracias por compartir con nosotros tu experiencia y me quito el sombrero por tu valentía se lo que digo ser un inmigrante es muy muy duro siempre te tratan con inferioridad aunque puede que esté ser inmigrante tenga mejores estudios y muchas experiencia que es valorar de la persona pero aveces la circunstancia te obliga hacer cosas o trabajos que no son de tu agrado y una vez más te agradezco por contestarme la otra vez cuando te dije que yo pasaba por lo mismo incluso llegué a tener mucha ansiedad y mucho estrés pero tus palabras y tu historia me han hecho reflexionar y me han sido de gran apoyo bueno no quiero ser tan pesado un saludo y un abrazo para los dos os deseo que el amor os una siempre y la alegría y la felicidad sea vuestra sombra y la sonrisa os acompañará en cualquier lugar del mundo

    • ¡Gracias Otman! La verdad es que es gracioso mirar para atrás de vez en cuando y ver cómo aquellas decisiones que en su momento parecían no tener sentido, pero que respondían a nuestros deseos, nos han llevado irremediablemente a la vida que tenemos actualmente. Para acabar con muchos de los problemas de racismo que existen en el mundo yo mandaría a todo el mundo a trabajar a otro país en el que no entienda nada de lo que pasa a su alrededor. A ver si así, se le quitan las ganas a algunos de tratar mal a los que llegan de fuera y empiezan a mirarlos más bien con admiración por su valentía. Un abrazo y mucha fuerza!

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