No sabes por qué, pero tenías ganas de ir a Moscú. Te han dicho que es una ciudad fría… sí. Que es cara… también. Que conseguir el visado para ir es «escabroso»… ¿y? Da igual. Tú, vas. Vas porque la curiosidad (la viajera más grande que existe), llega donde no llega nadie y porque aunque habías visto mil películas «ambientadas allí», no tienes ni idea de cómo es Moscú.

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Estás en una de esas ciudades con esa carga histórica en la que te haces pequeño mínimo diminuto. Como otros muchos antes que tú, tienes un objetivo claro… adentrarte en el Kremlin.

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Por la sencilla razón de que te pilla cerca, empiezas con un paseo por el bohemio barrio de Arbat como no queriendo molestar. Pasando lo más desapercibido posible y es que, esta gente intimida. Solo medio ruso te saca cuarto y mitad de masa corporal por todos lados. Ellos son una mezcla de camionero que levanta piedras para pasar el rato y ellas, guapas y altas espías que en cualquier momento te la van a liar. Incluso la mirada de una abuela es capaz de convertirte en piedra en menos de lo que tardas en decir «креmавская».

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En todo momento tienes la recurrente sensación de que van a aparecer dos policías de incógnito y te van a llevar a Siberia sin que nadie se entere. Aun así, mantienes el tipo sin hacer gestos excesivamente sospechosos. Casi no te atreves a sacar la cámara y haces las pocas fotos que tu escaso valor te permite. Rápido. Sin encuadrar mucho. Tu vida vale más que una foto por muy curiosas que te parezcan las cosas que ves. ¿Una moto forrada de auténtica piel de teleñeco en lugar de chapa metálica…? Sí que debe de hacer frío aquí, sí.

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Decides dar un pequeño rodeo para despistar y te metes en el metro. Habías oído hablar de las estaciones de Moscú y… los rumores eran ciertos. Como herramienta de camuflaje, abres la boca igual que los muchos turistas que te rodean. Pareces uno más.

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Aprovechas la ocasión para ir de estación en estación. Sin sentido. Con la aparente excusa de ver cuantas más mejor. «Increíble la de rublos que se han dejado aquí dentro», piensas.

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Sales «de cuando en vez» a que te dé el aire y aprovechas para hacer ver que ves el Bolshoi, la Gran Sinagoga, la Universidad… «¿no las había más grandes?»

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Te paras delante de un ilegible cartel desinformativo como si estuvieras desorientado y al darte la vuelta, encuentras «una señal» que te indica el camino…

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Pasas por delante de la Catedral de Cristo el Salvador, cruzas el Puente Krymsky y te metes en la Galeria Tetriakov para ganar tiempo…

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Al salir y solo por si acaso, giras sobre ti mismo y desandas parte de lo andado (estatua de Pedro el Grande y Monasterio Novodévichi mediante). Eres bueno… muy bueno.

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Entras en la Catedral de San Basilio y la verdad es que… «la recordabas» más grande. Paseas un rato por la Plaza Roja en círculos sin sentido y sin perder de vista el Mausoleo de Lenin. Estás muy muy cerca.

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Casi sin que nadie se dé cuenta, te plantas a las puertas del Kremlin. Estás en pleno corazón de Moscú. Aquí es donde «se corta el esturión». Entras mirando hacia atrás… No parece que nadie te siga. Lo has conseguido. Estás dentro. El Kremlin, ya no tiene secretos para ti. Da igual lo altos y gruesos que sean los muros que construye el hombre… al final, siempre se acaban desmoronando.

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7 Comentarios

  1. Me asustaron mucho con lo caro de Moscú y la verdad que, quizás por tanto temor previo, no me pareció tan terrible. Qué linda ciudad! cuanto para ver y que buena la manera de escribir que uno al leer parece viajando por el lugar! muy bueno!

    • Para volverse loco con los edificios. Ya sabes Pol que cuando hay un deseo, siempre hay un camino 😉 Gracias por tu comentario!

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