El mini #euroHDtrip llega a su fin en la ciudad a donde todos los caminos llevan o, al menos, llevaban. Con cierta pena adelantada que siempre acompaña a todo viaje corto, caes en que la versión inglesa de nuestro manido y sabio «donde fueres haz lo que vieres» es «when in Rome do as romans». Como no tienes scooter, gafas grandes, ni pelo que engominar, solo te puedes pasar del café con leche al macchiato o, queriendo integrarte mucho mucho, al espresso.

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Está claro que aunque uno quiera sentirse del lugar o hacer lo que hace la gente local, no deja de ser turista. Es así y además, todo el mundo se da cuenta. ¿Por qué esa fijación por querer pasar desapercibido o ser quien no eres? Ni idea. Aun así, en Roma (y por ende en Italia), uno se siente como en casa y ve cómo le empiezan a aflorar (al verse tan reflejado) una serie de sentimientos mediterráneos que tenía muy muy ocultos. La importancia de la comida, el contacto físico, el idioma, las demostraciones de cariño públicas, hablar alto, reír alto… vivir alto. Y así, con esa sensación de «Tú me conoces. Yo te conozco. Hemos sido rivales durante siglos en todos los campos por proximidad pero, en el fondo nos caemos bien», te abandonas a la historia y las calles de la ciudad eterna.

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Bajo un sol de injusticia y botella de agua en mano, sudas sin parar entre ruinas y plazas. Visitas, de nuevo, todos sus lugares tan emblemáticos. Recorres esa larga lista de monumentos y lugares históricos de obligado peregrinaje que te sabes de memoria y que puedes encontrar en cualquier blog de viajes que se precie. Remiras, readmiras y refotografías todo lo mirable, admirable y fotografiable.

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Y sí sí… allí estás tú. En el que otrora fuera el centro del mundo. Huyendo del sol, persiguiendo sombras, esquivando personas… devorando pasta, pizza y gelato (uno detrás de otro). Cazando tranvías con la cámara (una vez más). Intentando subir a algún bus en el que haya un hueco insuficiente para ti por ridículo y pegajoso que sea. Repitiendo el nombre de las paradas de metro en alto con forzado acento italiano.

Reconócelo, no querías caer en los típicos eternos tópicos de lo muy abierta que se te queda la boca ante todas «las piedras» que te rodean. Querías pasar por delante de todas estas fuentes y esculturas como si nada. Como si no fuera contigo. Integrado. Siendo un romano más. Como si por el hecho de ya haberlas visto, no te fueran a impresionar por lo que son y por lo que, sobre todo, fueron hace dos mil años.

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Y es en ese momento. Rodeado de nuevo por cientos palos selfie y otros tantos turistas de espaldas pidiendo deseos sin discreción, es cuando te preguntas si los romanos y/o cualquier local de otro lugar multicolor, disfruta de lo que su ciudad ostenta.

¿Lo harán? ¿Lo haces? No ya por la excusa de la molesta molestia de las multitudes ajenas sino, por la falta de sorpresa ante lo que siempre ha estado y estará ahí. ¿Nos paramos lo suficiente ante esa fachada que está delante de nuestra casa y a la que todo el mundo inmortaliza? ¿Saludamos con cariño y admiración a esa  fuente que siempre nos espera a la salida del trabajo con su grata bocanada de aire fresco? ¿Le dedicamos el tiempo que se merece a esa plaza que siempre cruzamos al amanecer y descruzamos al atardecer?

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Roma y su derroche monumental te hacen pensar en todo lo que, por ser «lo de siempre», no valoramos tanto. Roma y su excesiva puesta en escena hacen que te des cuenta de que eso «que consideras tan tuyo» a veces, parece más importante para el resto. Roma, siempre Roma, y su eterna belleza, hacen que te plantees que todo eso de lo que tanto presumes y sacas pecho cuando estás lejos, merece algo más de tu atención cuando estás cerca.

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Roma, siempre sabia. Siempre grande. Siempre eterna. Gracias por el mensaje. Una vez más, todo el respeto.
Ave Roma, los que vienen a visitarte te saludan.

8 Comentarios

  1. Buen post. Me gusta la reflexión que haces. ¿Los turistas miran (miramos) el lugar con otros ojos? ¿Donde acaba la autenticidad y empieza la cotidianidad?

    Una de mis obsesiones siempre ha sido conocer mis destinos como un local (sin perderme «lo imprescindible») pero tal vez lo esté haciendo mejor que ellos… 😛

    • Cierto es que no podemos pararnos a contemplar una fuente y hacerle fotos cada vez que vamos a comprar el pan pero… no es eso. Creo que es cierto que los que vivimos en un lugar, no conocemos tan bien como creemos sus secretos. Más allá de algún bar escondido o dos o tres restaurantes a desmano. No sería mal plan empezar por meternos en un tour guiado gratuito, quizás, veríamos nuestras ciudades de otra forma. Yo he vivido 20 años en Madrid y nunca he entrado al Palacio Real. En cualquier caso, se trata de «dedicar miradas». De, cada vez que se pasa por el edificio Metropolis, levantar la cabeza del móvil y dedicarle dos o tres segundos.

  2. Ah, Roma, que recuerdos… Fue la primera ciudad a la que viajé allá por el ’93, recién licenciado. Una escapada de 24h aprovechando la escala para ir a Gizzeria Lido en el sur a un congreso. Fue llegar y, camino del hotel, me robaron la cartera en el metro, cerca de Termini. Mal comienzo. Pero lo mejor fue que un romano solidario vio como se le caía de las manos, la recogía, se la guardaba rápidamente, y la dejaba en la comisaría de policía de su parada. Al llegar al hotel ya me estaban llamando para ir a recogerla. Con todo dentro. Todo. Incluyendo el dinero, tarjetas, DNI, etc. Menuda suerte!! (creo que ni el poli que me la dio se lo acababa de creer…)

    La verdad es que en ese viaje tan breve apenas tuve tiempo de ver gran cosa (aunque siempre recuerdo la primera vez que vi el Colisseo, uff.. tras verlo tantas veces en películas y fotos es impresionante ver que sí, que existe, que está ahí, tan grande). Pero luego he vuelto alguna vez más y la he disfrutado sin prisas… y con un «gelato» en las manos siempre que puedo 😀

    Un abrazo!

    • Qué curioso que asociemos ciudades a anécdotas tan puntuales y casuales que (según sean positivas o no) marcan nuestro sentir por un lugar, verdad? Será tema para otro post… Abrazo grande, Germán!

  3. Hola Lucía y Rubén hacía tiempo que no pasaba por aquí 🙂
    Ahora que lo mencionas en los últimos meses me ha entrado una curiosidad enorme fe la mente turista que visita mi ciudad. Desde que tengo memoria chuleo a mi ciudad cada que puedo y digo que es la más bonita del país, más bonita que la capital jaja (es que es verdad) Me gusta mucho caminar el centro desde que tengo 15, me gusta que los turistas se me acerquen con el «speak english?» Y responderles con la mejor pronunciación como «yo me sé esta ciudad de pies a cabeza». Eso sí ver a tanto europeo (soy mexicana) me hace preguntarme «qué le ven a esta ciudad?» Aquí los turistas abundan demasiado entre europeos y asiáticos en menor porcentaje; eso sí, la fachada es muy bonita y aún así los recuerdos que los turistas puedan crear en su visita y los recuerdos que los locales sin querer han creado le dan el toque a estos lugares tan comunes.

  4. No sé si los romanos disfrutarán demasiado de una ciudad inundada de tiendas de Souvenirs y palos selfie… Me suena la historia, calla, también pasa en Barcelona! Y aunque (muchas) veces queramos mandarlos a todos a su casa y que los precios de todo vuelvan a ser los de antes, cuando paseas por sus calles siempre acabas encontrando rincones que no conocías. Así que igual sí lo hacen 😉

    • Seguro que sí. Siempre hay rincones secretos que, antes o después, dejan de serlo: «te voy a llevar a un sitio muy auténtico donde no van los turistas». Y así, se va expandiendo la cosa… y cabe más gente

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