Del 6 al 7 de agosto // 25º // Niebla, sol, lluvia fina, fresco nocturno…

¿Conoces esa sensación de viajar en un bus en el que toca el peor sitio? Sí, ese en el que vas dando botes encima del tren trasero, justo por el lado con peores vistas, por donde da el sol a todo arder y con un niño detrás que llora sin parar todo el trayecto… ¿Te suena? Pues este no es el caso.

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Hay mucha gente que se planta en Leh después de un corto y cómodo viaje en avión pero, si quieres ir desde Manali en plan aventurero, hay otras formas: en bici, en una Royal Enfield, en autoestop de camiones, encajonado y dando botes en un bus o… puede que sea tu cumpleaños y te des el capricho de hacerlo en un jeep de dos días durmiendo a mitad de camino en un “home stay barra tienda barra restaurante barra dormitorio comunal”. Es decir, lo mejor de los dos mundos. Porque vamos a ver… está muy bien el rollo mochilero low cost pero de vez en cuando, hay que darse un homenaje. En este caso, el de poder parar a voluntad cada vez que tengas ganas de evacuar líquidos y de hacer todas las fotos que el paisaje te sugiera (sin que te salgan movidas o torcidas) mientras te quedas absorto durante varios minutos comprobando lo pequeño que eres al lado del principio (o final según se mire) de las montañas del Himalaya.

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Y allí estás tú a las 6:00 de la mañana. Esperando a que llegue toooooodo un Jeep privado de ocho plazas para dos personas y sus correspondientes mochilas que por una vez, “irán cómodamente sentadas” y no en el oscuro maletero de un bus encima de un charco de aceite y bajo cuatro cajas que sueltan todo tipo de tierra y «pegajosidades» (en el mejor de los casos).

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El trayecto comienza en medio de una espesa niebla que amenaza con dejarte en blanco todo el viaje. Además de no poder ver nada, te quedas oficialmente sin cobertura y sin datos en los que cobijar tu aburrimiento de occidental sin impactos visuales en el horizonte que llevarte a la retina cada segundo. Empiezas a maldecir tu mala suerte con el tiempo cada vez que te da por subir a una montaña. A la hora, tus amenazas surten efecto y empiezas a ver más allá de dos metros.

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A un lado, enormes montañas llenas de curvas y camiones que, circulando en ambas direcciones, mantienen milagrosamente el equilibrio en la estrecha carretera. Al otro lado, un barranco a modo de caída libre que te hace pensar en lo peor en cada giro. En medio, obras, cascadas y barrizales varios… “Que vuelva la niebla”, piensas.

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Cuando ya te has acostumbrado a las alturas, los baches, los enormes camiones que aparecen de frente a todo bocinazo y el pilotaje extremo de Cool (tu chofer particular), empiezas a disfrutar de todo lo que te rodea. Del desfile privado que te dan las montañas cada vez menos nevadas que se superponen unas a otras y las pequeñas cataratas que serpentean por sus laderas llevando agua hasta donde no alcanza la vista.

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Marrón con blanco sobre verde y todo bajo azul… Colores intensos y limpios que salpican cada postal que ves desde tu ventana… “Cool, para aquí para hacer una foto por favor”… “Y aquí”… “Aquí también”… En un primer momento te sientes un poco mal cada vez que quieres bajarte del coche a mirar y hacer fotos mientras os pasan los ocho camiones que tanto ha costado adelantar pero, te limpias la baba, recuerdas lo que has pagado y se te pasa.

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Como puedes parar donde no para nadie, te encuentras con rincones, casas y gente que no suele ver personajes como tú por allí. Con tus pintas de aventurero con ínfulas que mezcla sin rubor un pantalón de color naranja con una camiseta fucsia (que llevas por tercer día consecutivo) y un pañuelo azul en la cabeza. Sí… así vas por el mundo «cuando nadie te ve».

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Después de parar un par de veces a tomar algo, de hacer carreras con el río un rato y de subir y rodear montañas, llegas a una explanada a unos 4.000 metros de altura donde dormirás en la pequeña «tienda restaurante con camas en línea todo en uno” de una señora que aparenta tener 120 años y que probablemente tenga solo 45 y de su hijo heredero de 28 que aparenta 48.

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La sensación es más que curiosa porque desde “tu cama”, puedes pedir el enésimo chai del día o la cena que ves cómo preparan (para lo bueno y lo malo).

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Después de tanto chai y tanta agua, “se agradece enormemente” eso de ir al baño a las tres de la mañana. Con lo calentito que estás dentro de tu saco sábana, coges tu móvil a modo de linterna y te encaminas hacia el enorme baño que es la llanura que os rodea. Intentas no pisar nada excesivamente blando, excesivamente cortante o excesivamente vivo. Ya en faena, haces ese gesto natural e involuntario de echar la cabeza hacia atrás a modo de alivio… abres los ojos y… ¡¡¡¿Qué es eso?!!! Tienes encima de ti a toooooooda la Vía Láctea mirándote y un millón de relucientes estrellas que casi puedes tocar con solo estirar un brazo que, como está ocupado, lo dejas en su sitio. Pocas veces has visto un cielo como este (si acaso, el de Uyuni en Bolivia y el del Salcantay en Perú). Y allí te quedas durante unos minutos a pesar del frío que hace. Mirando hacia arriba y cogiendo fresco “por partes”.

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Al día siguiente y mientras te tomas el primer chai del día, aparece un chico y te pregunta si “tu jeep” es tuyo. Tras una breve conversación para el momento y un innecesario y largo párrafo para un post, él (Javier) y ella (Clara), se suman al viaje hasta Leh ya que se han quedado un poco tirados a mitad de camino. Son españoles, novios y residentes en Madrid. Con ellos, compartiréis una semana de viaje por Ladakh hasta Srinagar, pero eso, aún no lo sabes.

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Cuatro españoles hablando a máxima velocidad… parando cada foto por tres… riendo a todo volumen… no debe de ser el mejor plan para un conductor hindi monosilábico y tímido de las montañas. El pobre Cool no sabe dónde meterse pero no le queda otra que aguantarnos si quiere cobrar (más que antes, por cierto).

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Seguís subiendo y subiendo… A 5.000 metros la respiración se hace algo más difícil y aguantar la cámara en la funda también. A pesar de “lo poco que hay”, todo te llama la atención. La inmensidad, las montañas que tocan el cielo más fácilmente que tú, el intenso silencio que solo se ve interrumpido por algún camión lejano…

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Iniciando la bajada, te cruzarás con algún motorista en su Royal Enfield (cosa que envidias) y con algún ciclista sobre sus alforjas (cosa que admiras).

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Cada vez te queda menos para disfrutar de este viaje-capricho pero aún te dará tiempo a parar en algún que otro pequeño pueblo perdido, a tomar algún que otro chai más, a hacer decenas de fotos y a cruzarte con gente más que amable…

de_manali_a_leh_algo_que_recordar_3 Y sí, también te dará tiempo a ver algún avión que te pasará por encima lleno de gente con prisa que se va a perder todo esto que te llega tan adentro aquí abajo.

Entrando en el Himalaya

 

9 Comentarios

  1. Telita con la ruta!! En bus cuanto es el recorrido viendo la carreterita? Y por curiosidad, cuánto cuesta el «capricho» del Jeep?

    • La carretera la ves todo el rato. Las montañas y los barrancos, también. El bus de Manali a Leh de un día son 1700 rupias y de dos 2500. Eso sí, prepárate para un buen ajetreo. Si encuentras gente con quien compartir un coche de 6 o 7 la cosa está por las 12.000 rupias el trayecto en dos días.

    • Te da por pensar de todo. Más aún cuando ves algún camión dado la vuelta ladera abajo pero… vale la pena. Mucho.

  2. Cool! Mi hermano de otra madre! Apuesto que nunca una protesta, ni una mala cara. Genial el texto, no puedo parar de reír. Para las fotos no hay superlativos suficientes.

      • Tiene que tener nervios de acero, o los de una vaca como solemos decir aqui 😉 , para conducir en esta carretera.

  3. Wow, acabo de volver de los Pirineos y ya me ha parecido increíble (también se veía la Vía Láctea por la noche :), así que me puedo imaginar muy bien la sensación, solo que multiplicada por 100!

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