En cualquier viaje, corto o largo, pasan cosas que con solo cerrar los ojos… vuelven a cobrar vida. Son instantes que te marcan por uno u otro motivo. Highlights. Puntos de inflexión. Experiencias «fáciles de recordar». Y luego… hay otro montón de momentos que pasan a un segundo plano en tu memoria. Momentos que se quedan en el congelador y que cuando la nostalgia te pone a revisar fotos un viernes cualquiera, se descongelan al instante listos para ser recordados de nuevo … «clinggggg». Por esa falta de memoria que te caracteriza y aunque un día te atreviste a salir sin cámara por ahí a ver «qué se sentía», te alegras del dolor de espalda que te provoca cargar siempre con ella cuando ves pasar delante de ti todos esos… momentos olvidados.

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Te gusta volver a ver aquellas plácidas calles maldivianas en las que nunca pasa nada ni nadie. Aquellas calles salpicadas de motos encerradas en una isla de menos de un kilómetro de largo que esperan pacientemente a darse «la misma vuelta de siempre». Saltando de foto en foto y de país en país… pasas de la más absoluta tranquilidad al caos con más barro en un solo click. Aparecen fotos del Río Hugli en pleno delta del Ganges en el que la gente tiene a bien lavar la ropa, a ellos mismos e incluso sus dientes mientras pasa de todo flotando al lado.

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Al momento del baño en Calcuta , le añades el del afeitado en ese lugar que puso a prueba tus principios: Varanasi. Otro de esos instantes que India te regala a diario y en los que solo te imaginas formando parte como espectador.

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Te recuerdas echándote la siesta a pierna y brazo suelto en las tiendas-restaurante de Ladakh sin importante «el qué dirán», porque sencillamente… nadie dirá nada.

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También pasas por Kataragama, aquel pequeño pueblo de Sri Lanka en el que, de camino a su complejo de templos para hacer fotos del atardecer, te metiste en un pequeño salón porque oíste a unos niños cantar. Te acuerdas de que te tragaste el ensayo entero de lo que suponías era un baile para fin de curso, mientras dejaste escapar sin complejos la puesta de sol.

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Sin salir de la lágrima de India, ves fotos de varios «macaca sinica» o, lo que es lo mismo, esos monos que todo lo observan y que viven pendientes de llevarse por sorpresa cualquier bolsa de plástico (porta bocadillos o similar) salida de la mochila de algún turista despistado.

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Te vuelves a meter en uno de aquellos autobuses de espacio reducido que cruzaban la isla a golpe de interminable y taladrante «reaggeton srilankés».

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Aunque es difícil de olvidar, pasas por la última foto que le hiciste a un enorme elefante cuando corrió hacia vuestro jeep para que os fueráis y toda su manada cruzase la carretera. Aún puedes recordar cómo su cara se transformó de golpe pasando de ser un entrañable Dumbo, a un gigante de 5 toneladas enfurecido.

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Aparecen los instantes que le tomaste prestados en Colombo a Dinesh, aquella mujer que nació hombre y que te contó cómo se vive esa situación en la isla de los mil nombres.

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Vuelves a ver cocinar a «auntie» toda esa comida made in Sri Lanka que, para ti, hace sin picante y con un par de puñados de cariño.

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Te hace gracia imaginar las caras del resto de clientes de un kopitiam cualquiera, mientras le hacías una foto a un roti boom y un tea tarik «antes de pasar a mejor vida». Reconoces con un una sonrisa que ese chute de azúcar es una de tus debilidades asiáticas y que fue en lo primero que pensaste nada más vovler a poner un pie en Kuala Lumpur.

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Vuelves a sonreír cuando aparece la foto que le hiciste a traición a Liana mientras «se veía» dos años después siendo entrevistada en el corto «Around Them». Recuerdas lo nervioso que estabas por lo que te diría al acabar de verlo y cómo, lejos de parecerle mal o regular, le encantó verse, oírse y compararse con el resto de mujeres entrevistadas de otros lugares del mundo.

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«Te recuerdas» jugando (mal) al volley playa con Gonzalo, Letizia y todos sus amigos «pro» en Sentosa. Una más que saludable afición que llevan a cabo religiosamente cada fin de semana.

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Te visualizas colándote en los edificios altos de Osaka y Tokyo para ver lo que las ciudades esconden desde allí. Y de paso, te preguntas una vez más cómo es que nadie te llamó nunca la atención ni apareció ningún vigilante mientras pasabas por todo tipo de oficinas, pasillos y despachos buscando un buen ventanal.

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Repasas los diferentes carteles que hacías a golpe de destino en japonés y mascota (entre ellas: kumamon y fujisan) para que todo el mundo supiera a dónde íbas cuando hacías autoestop. Lugares a los que, por cierto, aunque a los amables y atentos conductores les pillaran mal… te llevaban igualmente.

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Alto… stop… vale ya… Tienes que bajar la tapa del portartil y dejar de ver todos esos momentos que cobran vida. Dejar de castigarte con esas experiencias «que vuelven» foto a foto. Esos instantes que te suben por la espalda a modo de escalofrío hasta alguna parte de la memoria despertando sonidos, voces y olores. Sensaciones silentes que hacen que, de golpe… empieces a sentir «la llamada». El dichoso «síndrome del eterno viajero»  (camuflado entre fotos) vuelve a susurrarte cosas al oído.

Moraleja: cuidado con remover los momentos olvidados.

 

11 Comentarios

  1. Liliana gonzalez Responder

    Es un momento lindo cuando se mira el registro fotográfico, te transporta a esos lugares que quizás quieras regresar

  2. Si que hay que tener cuidado con lo que recuerdas, te puede llevar a un bucle sin fin en el que acabarás volviendo a viajar 🙂 yo soy partidaria de ir SIEMPRE con la cámara aunque a veces sea un tormento, porque con los años se olvidan cosas y recordarlas a través de instantes que tú mismo has decicido retratar a tu manera, es maravilloso.

    Gracias por el post, ha sido genial «vivir» de alguna manera vuestros mini recuerdos.

  3. Gracias por recordarme por qué me gusta tanto la fotografía (lo supe desde el día que acepté que mi memoria es vulnerable, cada vez más)

  4. Y es entonces cuando cierras el portátil y piensas «Dios mío, qué de momentos he vivido». Y caes en la cuenta de que hoy es un día más en el que quizás vivas otro momento de esos «impagables», asi que sin pensártelo dos veces coges la cámara y vuelve a merecer la pena una vez más el dolor de espalda.

  5. Rubén me gusto mucho este post, profundo, nostalgico y a la vez transmitiendo un compendio de emociones que representan en gran medida la vida pasada de un viajero empedernido como tú

    Un saludo!

    • Muchas gracias Alberto. La verdad es que, eso de mirar fotos, te transporta . Te hace volver a viajar. A sentir. A pensar. Ayyyyyy…

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